Por Catherine Mellado (con la colaboración de Ixia Mendoza)
¿Qué es una aventura? Para mí lo fue emprender un largo viaje hacia los canales australes de nuestro país para trasladarme hacia el jardín infantil intercultural Ukika en mi calidad de educadora de párvulos el año 2014. Me motivé a viajar porque representaba un desafío profesional único trabajar en un lugar tan aislado. Recorrí desde la comuna de Lota, en la Región del Biobío, hacia la ciudad capital de Punta Arenas , en la Región de Magallanes, para luego embarcarme en un ferry que navegó por el canal Beagle una distancia de unos 320 kilómetros hasta desembarcar, finalmente, en Puerto Williams, la ciudad más austral de Chile, ubicada en la Isla Navarino, en la provincia de la Antártica Chilena, cubriendo un sector de la comuna de Cabo de Hornos. Nunca había experimentado un viaje tan largo en barco y el vaivén constante me resultó incómodo y, en algunos momentos, agotador.
Lo describo como una aventura por el desplazamiento geográfico que me significó y también por ser una travesía hacia lo desconocido. Al planificar ese viaje, sabía que no sería una experiencia convencional, ya que llegar a ese recóndito lugar de Chile presentaba desafíos únicos, logísticos y personales que pusieron a prueba mi capacidad de adaptación con el sueño de la promesa de una conexión profunda con la naturaleza y vivir en una cultura donde aún están los descendientes de la comunidad Yagán. Al bajar del ferry, las hermosas cumbres nevadas Picacho Diente de Navarino, Montes Codrinton, y Cadena Garitas de Centinelas, más una gélida brisa rosó mi piel y el sonido del mar del Océano Antártico, me dieron la bienvenida a este prístino lugar, cuya temperatura más baja ronda los menos 10 grados bajo cero en invierno.
Recorrí las calles y mi primera impresión fue de un entorno volcado en un profundo aislamiento y una calma que me resultaron reconfortantes; parecía como si el tiempo se hubiese detenido. La naturaleza se va transformando y animando con distintos tonos y colores, dependiendo de la estación del año en que nos encontremos. En primavera y verano los tonos se intensifican, las montañas se visten de un verde vibrante, los bosques subantárticos dan sus frutos, alumbrados por una luz solar que se pone a las 11 de la noche. A medida que avanzamos el otoño va fundando colores naranjas, amarillos y marrones, que transforman el entorno en un espectáculo visual.
Llegado el invierno con la caída de las hojas toda esta diversidad se despide para dar paso a un manto blanco inmaculado que nos entrega la nieve, una sensación de calma y quietud. Toda esta riqueza natural atrae a visitantes de distintas latitudes del mundo. Su población aproximada es de tres mil habitantes y algo que me sorprendió fue la calidez de la gente. A pesar de no conocer a nadie, cuando llegué prácticamente todas las personas me saludaron. Ese gesto espontáneo de amabilidad reflejó una comunidad que hoy conozco y en la que veo relaciones humanas de amistad, cercanía e incluso de familiaridad, más allá de los lazos de vecindad.
Con el paso de los días me di cuenta de que, a pesar de su clima de frío y lluvias que predominan durante todo el año, Puerto Williams se encuentra enclavado entre un imponente bosque subpolar magallánico de gran vegetación conformado por coigües, ñirres y lengas, árboles que protegen los márgenes de la ciudad.
Mi experiencia profesional me llevo a asumir el primero de marzo de 2021 como directora del jardín infantil Tánana, que en lengua yagán significa “estar listo para zarpar”. Este establecimiento de administración directa de la Junta Nacional de Jardines Infantiles (JUNJI) en la Región de Magallanes abrió sus puertas con dos niveles de atención: una sala cuna y un nivel medio, ambos de modalidad heterogénea para recibir a 48 niñas y niños de hasta cuatro años 11 meses de edad, en un edificio moderno emplazado en un terreno de casi 700 metros cuadrados, que significó una inversión pública de más de dos mil millones de pesos. La iniciativa de construir este centro educativo nació de la propia comunidad de Cabo de Hornos, lo que motivó un esfuerzo colaborativo de la JUNJI y el Fondo Nacional de Desarrollo Regional (FNDR) para dar respuesta a una necesidad profundamente sentida por los habitantes del extremo austral.
Me asombró cómo su arquitectura se integra perfectamente con el entorno natural, a través de sus colores que se mimetizan con el paisaje. Los ventanales amplios permiten que la luz inunde el espacio y ofrezca una vista hermosa del entorno natural del bosque que crea una atmósfera que invita a la conexión con la naturaleza y es un “escenario donde se organizan y tienen lugar relaciones educativas” (JUNJI, 2022).
Al salir al patio del jardín infantil, elevo la mirada y aprecio este impresionante bosque, cuya belleza se me revela cada vez más a medida que lo recorro junto a las niñas y los niños. Encontramos especies como: la lenga, el diente de león, el calafate, la chaura, el trébol blanco, el farolito chino y el ñirre, flora que en su conjunto crea un paisaje que nos invita al asombro y al aprendizaje. Cuando los niños y niñas salen al bosque, se sumergen en un mundo de juegos simbólicos que les permiten explorar y dar rienda suelta a su imaginación y creatividad. A través de juegos como el de crear historias, transformar objetos o simular situaciones, desarrollan su creatividad y su capacidad de pensamiento abstracto. Además, se adentran en la naturaleza con artículos de ciencia y experimentación, como lupas, frascos o cuadernos, con los cuales investigan el entorno, observan insectos, recolectan muestras de plantas y descubren los secretos del bosque. Esta actividad no sólo se conecta con la ciencia, sino que también fusiona la parte artística, ya que muchos expresan lo que descubren a través de dibujos, narraciones o pequeñas construcciones con elementos naturales. El acto de recolectar tesoros naturales —como piedras, ramas, hojas o flores— no sólo es un juego, sino también una forma de aprender a valorar los recursos naturales, desarrollando en niños y niñas un sentido de respeto y admiración por el medioambiente. En conjunto, estas experiencias enriquecen su desarrollo cognitivo, artístico y emocional, mientras disfrutan del aire libre y de la belleza del bosque.
Entre enero y marzo los niños y las niñas desean con muchas ansias salir a recorrer el bosque. En esa época, el fruto del calafate se encuentra en temporada de cosecha y a pesar de que el arbusto es de espinos, los párvulos se las arreglan para, con mucho cuidado, retirar uno a uno los pequeños frutos redondos y pequeños de color morado oscuro. Recuerdo cómo uno niño comentó: “Las espinas son los brazos que protegen al calafate”.
El bosque se convierte en un aula viva, donde cada rincón nos invita a la exploración. Las hojas que caen, el trinar de las aves y el sonido del viento entre los árboles son fenómenos naturales que despiertan la curiosidad de la primera infancia. Aquí, lejos de las aulas tradicionales, ellos y ellas tienen la oportunidad de aprender a su propio ritmo, conectándose con el medioambiente de una manera íntima y significativa:
Los espacios estructurados, como pueden ser los parques infantiles, dejan poco a la imaginación, fomentan un juego pobre y repetitivo. En cambio, en la naturaleza no hay nada prediseñado y el juego requiere ser pensado, diseñado, negociado y consensuado. Se necesita una dosis de asertividad para defender lo que uno quiere desarrollar y de confianza en el otro (…) El juego no estructurado al aire libre tiene, por tanto, un rendimiento social y cognitivo mucho mayor (Hueso, Katia. 2017).
Otras veces nos reunimos en el interior del jardín infantil, miramos por los ventanales y hablamos sobre las nubes y cómo tienen formas raras, o sobre los copos de nieve que empiezan a caer. Me gusta ver a los caiquenes en la cancha y al perro de I. que siempre lo acompaña hasta la entrada del jardín infantil. Por mientras, A. arrastra una silla hasta ubicarla cerca de la ventana y se sienta pendiente de sus compañeros y compañeras, que golpean con sus manitos la ventana y saludan a quienes ven. Esta gran ventana que posee vista al bosque nos invita a salir, explorar, investigar y descubrir. Miramos a través de ella y nos preguntamos —“¿A dónde vamos hoy?” y las respuestas son diversas: “A la cancha”, “Al río” , “A la plaza”. Sin embargo, la mayoría de las veces proponen ir al bosque.
Cuando los niños y las niñas eligen llevar cámaras fotográficas a su salida —afortunadamente cada uno posee la suya— la guardan dentro de una bolsa reutilizable donde también van otros elementos que desean llevar a su aventura: papeles, lápices, cintas o, incluso, recursos naturales que recogen para el aula. Es en esos momentos cuando alguien dice emocionado: “¡Me gusta recolectar tesoros!” La cámara de fotos les permite capturar, desde su propia mirada, aquello que les llama la atención o los sorprende. Es una herramienta tecnológica que se integran al enfoque científico-artístico del jardín infantil, promoviendo una conexión más profunda con el entorno. A través de ésta, las niñas y los niños investigan, retratan y comparten el mundo que les rodea, fortaleciendo su autonomía y protagonismo en su aprendizaje. Como me dijo A., entusiasmado: —“Mi papá me enseñó a tomar fotos”.
Estar al aire libre es un momento especial. El viento sopla fuerte, pero el clima nunca es un impedimento para salir; ya que se implementan los resguardos necesarios para que la experiencia al aire libre sea vivenciada de forma segura y adecuada. Los párvulos disponen de calzado ad hoc a las condiciones climáticas, ya que cuentan con sus botas de agua, su ropa de abrigo y, cuando nieva, no hay nada más divertido que verlos jugar a hacer angelitos tendidos sobre el manto blanco o construyendo muñecos de nieve. En efecto, en la vinculación con la naturaleza que les rodea, niños y niñas manifiestan mucho goce y agrado y generan estados de bienestar físico y emocional, lo que nos permite conectar con ellos y ellas desde ese ámbito enriqueciendo nuestra práctica educativa, ya que “las experiencias lúdicas al aire libre posibilitan a los equipos de aula, sintonizar y vincularse con la emociones y sentimientos de los párvulos ofreciéndoles el cuidado y la protección necesaria para jugar y explorar al aire libre sintiéndose más seguros y confiados (CIFRED, 2020).
El suelo natural se transforma en un laboratorio lleno de vida. Los párvulos descubren insectos, construyen herramientas con ramas y reflexionan mientras caminan entre los árboles. Estas experiencias sensoriales y prácticas potencian sus habilidades cognitivas, sociales y emocionales, casi sin darse cuenta de que están aprendiendo. Tal como advierte Francesco Tonucci: “Los niños necesitan estar en contacto con la naturaleza, no sólo para aprender de ella, sino para desarrollar su sentido de pertenencia al mundo”. El terreno del jardín es irregular, lo que convierte cada paso en un desafío. Avanzar hacia el bosque requiere destrezas y una actitud exploradora. Estas irregularidades fortalecen sus habilidades motoras y de desplazamiento. Cuando llegamos al bosque, todo esfuerzo habrá valido la pena al ver sus rostros iluminados de alegría. Como me confesó M. al llegar: —“Me caí, pero el pasto es suave”.
En efecto, las salidas al bosque se han convertido en una práctica habitual de los niños y las niñas del jardín infantil Tánana, lo que ha permitido enriquecer sus aprendizajes a través del juego libre y autónomo que toma fuerza en dicho contexto “cuando el niño y niña se siente seguro y vinculado al entorno natural, las oportunidades de aprendizaje se multiplican a su alrededor. Jugar en la naturaleza no debería ser una excepción puntual, sino un hábito” (JUNJI, 2022).
En cada salida al bosque, siento que descubro un mundo nuevo junto a los niños. Observo, manipulo, exploro y documento una cantidad infinita de elementos. Cada aventura es diferente: colores, texturas, sonidos… Siempre hay algo nuevo por descubrir. Veo cómo las nubes cruzan el cielo como en una carrera, invitándonos a imaginar. Es un espacio que nunca deja de maravillarme, especialmente al ver cómo disfrutan. El bosque no es sólo un lugar, es nuestro lugar. Es un espacio de conexión con la tierra, de libertad y descubrimiento. Cada vez que les pregunto qué quieren hacer, la respuesta es la misma: —“¡Ir al bosque!”
Este entorno natural fomenta el respeto y conciencia ecológica desde temprana edad. Aquí aprenden a trabajar en equipo, resolver problemas y enfrentar retos con resiliencia. Como señaló Rodolfo Llina “los seres humanos somos seres de contacto y, en ese contacto, nos constituimos como seres que sabemos”. Esta conexión directa con la naturaleza les permite construir conocimientos y desarrollar sus habilidades de manera integral.
El Jardín Infantil «Tánana», ubicado en la naturaleza más austral de Chile, es mucho más que un lugar de aprendizaje: es un aula viva. Cada rincón del bosque, cada paso, es una oportunidad para que los niños descubran, se asombren y crezcan. El entorno favorece y promueve el juego libre donde cada uno y cada una, desde su singularidad, puede conectarse con la naturaleza a su ritmo y desde su perspectiva:
Al jugar, los niños y niñas aprenden a conocer, aprenden a hacer, aprenden a convivir y aprenden a ser. Aprenden en la acción y no como meros espectadores. También llegan a conocer y observar el mundo que los rodea, volviéndose curiosos y cuestionadores. (Ribeiro da Silva, T., Pinheiro, A. 2024)
En cada paso por el bosque, los niños y las niñas no sólo descubren el mundo que los rodea, sino también un espacio donde la curiosidad florece, el respeto por la naturaleza crece y su imaginación vuela libre, como el viento entre los árboles. Además, favorece el desarrollo de diversos aprendizajes.
Incorporar la diversidad como un valor central en este tipo de propuesta educativa implica crear experiencias donde cada niño, sin importar su origen, habilidades o intereses, pueda conectarse con el entorno de manera única. El bosque se convierte en un espacio inclusivo, donde todos tienen la oportunidad de aprender a su ritmo, con sus propias capacidades, y donde se respeta la singularidad de cada uno. Podemos diseñar actividades que fomenten la colaboración y el intercambio de perspectivas, en las que los niños compartan lo que descubren desde sus propias vivencias. Por ejemplo, cada grupo de niños podría explorar el bosque y luego presentar cómo perciben su entorno, lo que enriquecería el aprendizaje mutuo y valoraría las distintas formas de observar el mundo. Otros, a través de la expresión artística, plasman en sus obras ese espacio tan significativo, utilizando colores llamativos y dejando que su imaginación complemente la creación. Además, contamos con un espacio especial donde los niños disfrutan de conversaciones y lecturas rodeados de árboles que los protegen del viento, mientras que otros se tumban sobre el pasto, disfrutan de rodar y sienten cómo se deslizan por la pendiente.
Además, la diversidad se puede vivir al relacionar los diferentes ecosistemas del bosque con la riqueza cultural de las comunidades. Al aprender sobre las especies autóctonas y cómo conviven, también podemos vincular este conocimiento con historias y tradiciones de pueblos originarios o diversas culturas que valoran la naturaleza. Esto refuerza en los niños la idea de que la diversidad no sólo es importante en la naturaleza, sino también en las personas, sus culturas y sus formas de vida.
La experiencia vivida en el jardín infantil Tánana, en el corazón de la naturaleza más austral de Chile, nos muestra cómo el entorno natural puede convertirse en un aula viva, llena de oportunidades para el aprendizaje y el descubrimiento. El bosque que rodea este lugar no es sólo un espacio físico, sino un medio de conexión profunda con la tierra, la vida silvestre y el entorno, que fomenta en la primera infancia su desarrollo cognitivo y emocional, y también el respeto y responsabilidad ecológica.
Cada aventura en este bosque, cada momento de exploración, ofrece lecciones únicas que permiten a la niñez interactuar con su mundo de una manera auténtica y significativa. Aquí, el aprendizaje trasciende las paredes del aula y se integra con la vida misma, donde el viento, los árboles, las aves y las nubes se convierten en compañeros de conocimiento. Es un espacio inclusivo, donde cada niño y niña, sin importar su origen o habilidades, puede conectar con la naturaleza a su propio ritmo y desde su propia perspectiva.