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Presentación del libro “469 nuevos jardines infantiles”

Comentario de la arquitecta de la Universidad Católica de Chile y académica de la Universidad Diego Portales, Pía Montealegre, al nuevo texto publicado por Ediciones de la JUNJI.

La cultura de la infancia es una triunfal invención moderna. El sociólogo norteamericano Richard Sennett explicaba que, antiguamente, las mujeres de la alta sociedad que podían permitírselo contrataban nodrizas para amamantar a los hijos. Los niños se criaban a distancia y los encuentros con la madre se dosificaban con mesura y compostura. Según Sennet, los hijos de los nobles vivían mezclados con los de la servidumbre, apenas vestidos, en las dependencias de servicio, en las calles y los patios traseros de la vida premoderna.

Sólo cuando alcanzaban una cierta edad eran ingresados al sistema de vida de la casa. Las madres evitaban así encariñarse con criaturas que estaban en su mayoría destinadas a morir en sus primeros años. La salud era un asunto extremadamente volátil. Del mismo modo, sin anticoncepción ni mayores perspectivas, las mujeres parían cuantos hijos podían para proveer algún heredero a la familia y morían también frecuentemente dando a luz. Antes de la higiene y la medicina moderna, la infancia era un viaje incierto y peligroso entre pestes y enfermedades, y las relaciones familiares un intermitente velorio. Recién con los antibióticoticos y las vacunas, la supervivencia de la infancia se transformó en una certidumbre y los niños se volvieron actores sociales.

Si la cultura apenas les había diseñado vestimentas y juguetes adecuados, menos tenían su propio espacio. Los niños, o callejeaban patipelados entre el fango o eran reprendidos en el salón. No pertenecían a ningún lugar. Según Jorge Rojas Flores, historiador de la infancia en Chile, Vicuña Mackenna fue uno de los pioneros en pensar que el espacio público de la ciudad debía destinar lugares para ese segmento de la vida.

Su primer intento, en asociación a grupos de madres, fue crear un jardín para los niños frente al Congreso Nacional. La plaza que pensaba el Intendente debía tener juegos, flores, pozos de arena y estanques que estimularan los sentidos de los niños. Debía también estar rodeada de una reja que contuviera las correrías de los pequeños y diera así tranquilidad a las madres de que se encontraban en un lugar resguardado. Hasta entonces, los chiquillos revoloteaban por las avenidas detrás de los volantines cortados, echaban barquitos a las acequias y se amigaban con cuanto gañán y perro vagabundo se encontraban en el camino. No sólo se comenzó a considerar la infancia, sino que se buscó protegerla del mundo; porque era frágil y porque en ella había futuro.

Y aunque Vicuña Mackenna no logró hacer su plaza ahí, frente al parlamento, sí implementó muy luego la primera plaza de juegos de la República en la terraza Hidalgo del cerro Santa Lucía. Una sociedad moderna que miraba hacia el futuro debía sensibilizarse por sus más certeros portadores.

El siglo XX fue la explosión de la cultura de la infancia y la maternidad. Proliferaron las plazas de juego, las que fueron vistas como una útil herramienta para restaurar entornos degradados. La presencia de niños en la ciudad, educa, decía la célebre Jane Jacobs, porque despierta nuestros instintos de conservación y nos motiva a un mejor comportamiento. Inhibe el desarrollo de focos de vandalismo, porque nada menos confortable para una pandilla de jóvenes adolescentes que compartir el espacio con un comando de madres mironas. Los niños nos sacan a vivir en el espacio público y nos impulsan a proyectar nuestros valores domésticos sobre el lugar del colectivo. Una ciudad sin niños es una ciudad peligrosa y sin esperanza.

Una de las más frecuentes declaraciones en el libro que hoy se lanza es el poder de reconversión que tienen los jardines infantiles sobre el espacio de la ciudad. Sitios otrora abandonados y degradados, cambiaron la basura y los escombros por color y risas. La decadencia y la desilusión, se transforma en lugares de futuro esperanzador. Pocos equipamientos urbanos tienen un efecto simbólico tan patente e inequívoco.

Al revisar las páginas que cubren 53 de estos 469 jardines infantiles, rebalsa la luz, el color y la alegría. Veo la obra de mis colegas arquitectos que se empeñaron por impregnar de felicidad y lozanía cada uno de los edificios, que parecen sonreír en medio de ciudades muchas veces opacas y tristes. Ese, no sólo es un aporte a los párvulos de cada jardín, sino a todos los vecinos. Estos jardines infantiles son expresivos recordatorios urbanos de nuestra propia infancia. Son testimonio de un tierno comienzo de la vida que compartimos todos algún día.

El texto es un documento invaluable para diseñadores y arquitectos, que funge tan bien de manual como de fuente de inspiración. Enorgullece ver el rango que se la ha dado a cada uno de los proyectos, con arquitectura de primer nivel, materiales de altísima calidad, equipamiento generoso y terminaciones del más alto estándar. La ambición de la cobertura no escatimó en calidad. Los invito a detenerse y fijarse en la materialidad de los pisos, las ventanas, los juegos, todo parece hecho con la mayor de las generosidades.

En estos casi 350.000 metros cuadrados, (¿saben cuánto son 350.000 metros cuadrados? El nuevo aeropuerto ampliado de Pudahuel no alcanzará los 300.000), en estas 469 obras hay un importantísimo capital de aprendizaje para la arquitectura educacional del País, me atrevería a decir que sólo comparable al legado de la Sociedad Constructora de Establecimientos Educacionales, que entre los años 1937 y 1960 –23 años, no cuatro como en este caso– construyó 567 establecimientos escolares a lo largo del territorio nacional. Fue una producción tremendamente fructífera para la reflexión arquitectónica del Movimiento Moderno en Chile. Hoy estamos ante otro gran hito.

En este país, vergonzosamente desigual, la JUNJI nos ha ofrecido un rayito de esperanza. La mayoría de los niños de Chile puede acceder hoy a un establecimiento gratuito que, según los programas de supervisión y desempeño no evidencian diferencias ostensibles con los privados. Eso tiene una inmediata correlación con la ciudad y la posibilidad de corregir la segregación espacial.

Con qué envidia miramos a los países desarrollados y vemos que no es tema la elección del colegio de los niños. Que salvo requerimientos especiales, se puede con toda tranquilidad asistir al establecimiento que está a la vuelta de la esquina sin arriesgar a hipotecar las posibilidades futuras de tus hijos. Que los niños pueden ir caminando o en bicicleta y que no hay que cruzar la ciudad para llevarlos y recogerlos. Eso está sucediendo con los jardines infantiles en Chile. Su homogeneidad se traduce en calidad de vida, en menos desplazamientos y, especialmente para las mujeres, en posibilidades de trabajo. En ese sentido los programas de Planificación y Gestión Territorial de este Programa de Jardines es una variable determinante y encomiable, ya que no sólo se vio la carencia como una cifra, sino como un espacio habitado por personas con necesidades.

Soy una convencida de que la segregación socio espacial que pone a nuestras ciudades en los más bochornosos rankings mundiales, puede ser combatida desde la educación pública. Un buen jardín, hace de un lugar un buen barrio para vivir y para proyectarse como familia. Un buen jardín construye de forma inmediata igualdad en su espacio. Buenos jardines en todo Chile, son la esperanza también de un territorio con un futuro común e integrado.

Por Pía Montealegre
Arquitecta